Evolución

Ahora que me queda menos de un mes para mi cumpleaños (29), es casi ya una tradición que, cuanto más mayor eres, más piensas en todo lo que has experimentado desde la tierna y delicada infancia.

Anoche, en una de esas ocasiones que piensas en este tipo de cosas, comencé a recordar todas las cosas que "quería ser de mayor": veterinaria, periodista, abogada... y pasando a ideas más fuertes en mi adolescencia soñando con algún día ser escritora, historiadora, psicóloga o simplemente dedicarme a dibujar.

Sin embargo, entre los dieciséis y diecisiete años, paré de soñar de golpe. Ya no quería ni fantaseaba con ser nada, tan solo aspiraba a una simple y a la vez imposible (en la situación que me encontraba) cosa.

Que me dejaran tranquila.

Me entristece mucho como el ambiente puede influir en una persona, aún más en la adolescencia que en la infancia me atrevería a decir. No es que piense que nadie lo haya podido pasar peor y aún así poseer tal fortaleza que esto lo impulsara más a alcanzar lo que se propusiera, estoy segura que hay gente así de increíble. Pero en mi caso no fue así.

Un ambiente asfixiante, sofocante, que con cada bocanada hundía tu espíritu y estado anímico a una velocidad alarmante. Una rutina de tensión, de alerta ante cualquier indicio negativo, de sufrir en silencio, de solo permitirse llorar en ese rincón llamado dormitorio. Es horrible sufrir bullying en el instituto, pero más aún en tu propia casa. 

Puedo afirmar que el instituto me remató pero el primer disparo lo recibí en casa, con una inocente edad de siete años. Desde entonces, cada vez dejaba más sangre por mi camino. El instituto me remató, sí, pero yo ya estaba condenada a morir andando.

Y morí, morí a los diecisiete años una tarde de enero. Pero la vida suele jugar con nosotros, en un juego retorcido y cruel quiso mantenerme aquí. O quizá se apiadó. Sea cual fuere el motivo, aquí sigo. De una forma menos dulce, fue como volver a nacer. Lo que más me angustia de esta época de mi vida, hace ya más de diez años, es que estaba vacía. 

Completamente vacía.

No tenía proyectos, ni sueños. Levantarme de la cama era en sí mismo un logro. Tardé años en ser capaz de terminar lo empezado, pero aún más en algo que debería haber adquirido largo tiempo atrás: pensar por mí misma.

¿Y ahora? Demasiados proyectos, demasiados sueños, demasiados intereses. Me encantaría aprender tantas cosas, me encantaría ser tantas cosas. Querría cambiar el mundo y mi interior. Me encantaría ayudar y enseñar. Me encantaría entretener e inspirar. 

Sueño con recuperar los años perdidos.

Pero eso no va a suceder, el reloj no espera a nadie. Sólo puedo aprender por mi cuenta, esforzarme en los problemas y retos que se me presentan, en continuar mi formación para procurar llegar a un puesto de trabajo aceptable (mi mayor preocupación ahora mismo he de admitir) y, a grosso modo, permitirme experimentar de alguna manera todas las cosas que he soñado.


Comentarios

Entradas populares de este blog

De una estudiante con depresión

Tecleando

Etapa cerrada